Facho

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Treinta ramitas iguales, anudadas entre sí, forman un fascio. La unión de las 30 ramas, que con una cinta sujetan un hacha, representa el poder. Esta es la semilla de la palabra fascismo, con la que hoy se insulta desde el progresismo a quien se atreve a discrepar de sus ideas. La palabra “facho”, usada como licencia para desacreditar, es un paraguas demasiado grande donde cabe todo aquello que el pensamiento totalitario no tolera de la libertad individual.

Los orígenes

A los 17 años, Benito Mussolini se afilió al Partido Socialista Italiano del que fue expulsado tiempo después, expulsión de la que se lamentó Lenin con estas palabras: “En Italia, compañeros, en Italia sólo hay un socialista capaz de guiar al pueblo hacia la revolución: Benito Mussolini”.

La disputa de Benito con el partido socialista no era ideológica sino política: estaba descontento con la postura del partido ante el Tratado de Versalles. Creó entonces los Fasci italiani di combattimento, cuyo símbolo son las 30 ramitas atadas “solidariamente” que componían la fuerza del conjunto. El término fascismo se empleó para referirse al movimiento creado por Mussolini quien fundaría el periódico ‘Il Popolo d’Italia’, que mantuvo la definición de “socialista” en su cabecera, convertido en el medio oficial del régimen fascista.

La comunión ideológica del nazismo con el socialismo, queda todavía más clara con su propia denominación: el “Partido Nazi” es oficialmente “Partido Nacional-Socialista Obrero Alemán”, partidario de un socialismo nacionalista. Las diferenciaciones entre las líneas nacionales e internacionales del socialismo frente a la coyuntura política de entreguerras da cuenta del enfrentamiento posterior con los primos comunistas. Pero el colectivismo de origen no está en discusión.

Las raíces comunes entre el fascismo, el nazismo y el comunismo no deben ser jamás ignoradas. Todos ellos son partidarios del monopolio estatal, de la centralización del poder y de la planificación social y económica. El liberticidio que es la condición de estos totalitarismos necesita de un orden social determinado por el planificador y no por las decisiones libremente tomadas por los individuos. Por esto, John Maynard Keynes, reconoció en la edición alemana de su “Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero” (1936), estando los nazis en el poder, que su teoría “puede aplicarse mucho más fácilmente a las condiciones de un Estado totalitario” que en un modelo de libre mercado.

Los discursos políticos totalitarios necesitan homologar lo público con lo solidario, lo bueno y generoso, y lo privado con lo malo, lo mezquino y lo egoísta. El estatismo ama lo público porque es donde manda. La solidaridad forzada es el sistema estatista con el que nos arrebatan propiedad y libertad. Los totalitarios necesitan darle un carácter moral al hecho de sacrificar el fruto de la labor de una persona contra su voluntad; y aquí viene la palabra estrella de la semana: “solidaridad obligatoria”.

La Argentina y la solidaridad por ley

La política del odio a la libertad individual necesita relatos heroicos para subsistir. Deben ser los representantes de lo bueno, lo justo, lo solidario. ¿Quién podría oponerse al bien? ¿Por qué no decretar que el bien sea obligatorio? Después de todo, si una política “solidaria” sirve para ayudar a otros, necesitará un mundo lleno de gente que haga filas interminables para recibir la solidaridad planificada desde el Estado, impuesta por el planificador. Y hete aquí la paradoja! La planificación económica que permita “redistribuir la renta“  no pueden obtenerse sino a través de la intervención coercitiva, limitando la libertad y la propiedad.

La agenda escondida detrás de la “solidaridad” forzada es más poder para los políticos, más ganancias para la industria de la pobreza; y todo esto a costa del individuo. La solidaridad sólo puede ser voluntaria; si es obligatoria, no importa el nombre que le pongan, no es solidaridad: es impuesto.

¿Pero acaso puede nuestro país agobiado y quebrado soportar más impuestos? Más vale que no. Entonces qué mejor idea que revestirlo de la pátina “solidaria”. El político que impone desde el poder la solidaridad busca convertirse en héroe de un combate sin riesgo, ganado de antemano. Los burócratas administradores de las causas justas ya han condenado a quienes se opongan a este nuevo impuesto, a esta nueva confiscación, de suerte tal que oponerse al relato buenista es claramente ser un “facho”.

Vamos de nuevo: la fuerza de las 30 ramitas deriva de estar ataditas. Ramita que se sale, ramita que es traidora, egoísta, “insolidaria”. Las ramitas deben confiar en el líder que las mantiene unidas y aceptar su poder central. La libertad individual, piedra filosofal del liberalismo es, en consecuencia, enemiga del fascio.

El intervencionismo estatal y la negación de las libertades individuales que propugnan el comunismo, el nazismo y el fascismo detestan al liberalismo y pondrán todos sus esfuerzos para denostarlo. Por eso la izquierda mundial cataloga al liberal de fascista. La III internacional Socialista (increíblemente!) tiene la caradurez de considerar al fascismo como la continuación autoritaria del liberalismo y del capitalismo. Siguen abusando de etiquetas que sólo sirven para banalizar al verdadero fascismo. Sin embargo, la sobreutilización del término “facho” en el debate político actual amplía el campo semántico de esta palabra para usarla en contra de los principios que inspiraron nuestras democracias y la sociedad capitalista.

Decía Hannah Arendt en “Sobre los orígenes del totalitarismo”, que esta ideología se caracteriza por atentar contra la libertad del individuo, establecer una uniformidad ideológica y desarrollar un régimen de terror que controla todas las facetas del ser humano para lograr su plena integración en una sola comunidad ideológica. De nuevo el facsio, todos iguales, atados, sin voluntad y dependiendo del poder central.

Una sociedad cuyo gobierno confisca mucho más de la mitad de su riqueza a través de los impuestos no es una sociedad solidaria, es un conjunto de esclavos atados sin ningún futuro. Curiosamente, quienes nos exigen más y más han descartado sistemáticamente hacer un esfuerzo solidario desde la casta política. El poder se niega a ser “solidario”. La burda tergiversación de los significados no es casual, decirle “facho” a quien defiende la libertad es mentir la historia, abusar del poder y condenarnos a la miseria de un colectivismo cuyos fracasos parecen deliberadamente olvidados.

Publicado en el Diario La Prensa

9 comentarios en “Facho”

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