Este viernes 31 de enero a las 12 de la noche se marcó un hito en la historia de Europa. El Reino Unido abandonó la Unión Europea. La historia de esta larga salida ha sido desde todo punto de vista apasionante. Una clase de literatura fantástica, con personajes exacerbados, operaciones mediáticas, guerras diplomáticas, idas y vueltas, finales que no lo eran tanto y un cierre rimbombante.
El referéndum del Brexit tuvo lugar en junio de 2016, pero su largo devenir concluyó con la votación en enero de 2020 en la Eurocámara, con 621 votos a favor, 49 en contra y 13 abstenciones, que concluyó en la ratificación parlamentaria y puso fin a casi tres años de negociación en la separación entre Londres y Bruselas.
La importancia del Brexit es enorme, la Unión Europea se fundó con la idea de que, una unión económica y política profunda, podrían asegurar la paz para un continente traumatizado por las dos grandes guerras mundiales y que había sido cuna de las ideologías más asesinas y cruentas de la historia. No es de extrañar, entonces, que fuera ésta la más operativa controversia contra el Brexit. Las voces políticas, académicas, financieras y mediáticas basaron su resistencia (virulenta, dicho sea de paso) en la denigración del votante por su “incomprensión” respecto de la significación del “proyecto europeo”
Para la época del plebiscito y a posteriori también, se desató un excepcional aparato de propaganda, dentro y fuera de Reino Unido, rayano en la histeria. Las llamadas de alarma sobre el incremento de la xenofobia se retroalimentaban con la contemporánea reacción ante una victoria electoral de Donald Trump en Estados Unidos. Los apocalípticos se floreaban en análisis respecto del colapso de las democracias liberales y no escatimaban en comparaciones tremendistas con los años treinta.
Visto hoy y en perspectiva, especialmente en términos periodísticos, es evidente que la ideología y la conveniencia fueron más importantes que el análisis y el estudio a la hora de entender qué estaba ocurriendo en Gran Bretaña y, por extensión, en el resto de Europa. Por qué nos sirve esto a nosotros? Para entender que los análisis de los medios, aunque vengan en manada, no son ni imparciales ni determinantes. Nos sirve para plantarnos con más desconfianza ante los mercaderes del alarmismo.
Hasta la fecha, aún con toda el agua corrida bajo el puente, es casi imposible encontrar información que incluya las razones de los partidarios del Brexit. Hasta se han estrenado documentales en los que se trata a los votantes brexiters de bobos engañados por la big data, sin voluntad ni cerebro. Y eso que hablamos de un pueblo con un nivel cultural, social y económico muy elevado, con la más larga historia democrática y una tradición política marcada por la estabilidad y el pragmatismo. Puede acaso el resto de Europa enarbolar estas virtudes?.
Luego también la mofa se basó en burlarse de las idas y venidas, elecciones y renuncias y todo el corso que implicó el Brexit hasta su implementación. Los británicos expusieron sin pudicia un debate intenso, poco elegante, tragicómico, caótico. Pero no es acaso la democracia liberal intrínsecamente intensa, tragicómica y caótica?
Eso no ocurre con la aséptica Unión Europea, que representa a pocos, que no da cuenta de ninguna identidad propia y que desprecia el apego emocional. Tal vez sea hora de empezar a revisar estas cosas. La burocracia al mando de la Unión Europea, cuyos líderes son elegidos en cónclaves de jefes de gobierno nacionales, fue perdiendo peso en las preferencias de los votantes. En el referéndum que se celebró en Francia el 29 de mayo de 2005, para consultar a los ciudadanos si Francia debía ratificar su pertenencia a la Unión Europea ganó el No con el 55% de los votantes en contra y una participación del 69%. En una entrevista concedida a la BBC, Emmanuel Macron, indicó hace poco, que los franceses “probablemente” también habrían votado a favor de abandonar la Unión Europea si se les permitiera votar en un referendo similar a las características del celebrado en 2016 en el Reino Unido.
Bruselas sede de la UE, maneja las funciones centrales que antes eran administradas por los gobiernos de cada país, como la seguridad fronteriza, la diplomacia y el comercio; sin importar el grado de eficiencia de sus políticas. En efecto, los resultados económicos no reflejaron la pretendida eficiencia tecnocrática. Muy por el contrario la carencia de resultados fue cubierta por una avanzada sin precedentes de intromisiones regulatorias en cuestiones muy sentidas para los habitantes de cada país. En la cultura, las fronteras, la religión, la tradición y tantos otros aspectos, los europeos no parecen estar dispuestos a ser tratados como una masa amorfa al servicio de la ingeniería social. Este progresivo avance maniqueo le ha quitado legitimidad a la UE, como se demuestra en la aparición de sucesivos movimientos euroescépticos en los países del continente.
Y acá se juega una variable excepcional para los tiempos que corren: la sana inmunidad desarrollada por los votantes a los alarmismos sociales y económicos. Porque, de más está decir, que les tiraron con lo que tenían, se burlaron, los amenazaron y los persiguieron con mensajes apocalípticos de forma casi caricaturesca. Es cierto que tampoco los chicos de Bruselas están para tirar manteca al techo. Es claro que el hervidero que es Francia, la catástrofe griega y el resto de las crisis económicas del continente no le permiten insuflar mucho el pecho con los logros que se pierde un país por salir de la Unión Europea.
El lema del referéndum de 2016 fue “recuperar el control”, y tal vez lo que los Brexiteers nos querían decir es que a pesar del salto que significaba y de los riesgos, ellos elegían poder elegir. La democracia le ganó al miedo y sea cual fuere al futuro de gran Bretaña, la lección para las democracias liberales es muy esperanzadora. Los votantes eligieron la incertidumbre en lugar de una integración implacable que malinterpretó su sentido.
El Brexit es una decisión soberana y es a la postre una oportunidad para que los líderes europeos en lugar de temer que a Gran Bretaña le vaya bien, aprendan que una economía más libre va a generar más prosperidad que la socialdemocracia asfixiante en la que se han convertido. Los europeos que no quieran desechar la UE deberían ser, a partir del viernes 31, más proclives a cambiarla.
El del Brexit fue un voto en sentido mayoritariamente cultural, la instrumentalidad económica fue más bien un vehículo. Estaban sencillamente hartos y por eso estamos ante el triunfo de la democracia liberal entendida como proceso de cambio y resolución de conflictos en libertad y con igualdad ante la ley, más allá de los resultados. Tal vez sea el hartazgo a la imposición de una forma de vivir que considera deseable que el Estado intervenga de manera delirante y creciente en la vida de los ciudadanos. Si es así, el Brexit representa un saludable impulso en defensa de lo que no tiene que morir, la libertad frente al agobiante acoso de la burocracia y del intervencionismo totalizador.
Thanks for sharing. I read many of your blog posts, cool, your blog is very good.
Can you be more specific about the content of your article? After reading it, I still have some doubts. Hope you can help me.
I don’t think the title of your article matches the content lol. Just kidding, mainly because I had some doubts after reading the article.
I don’t think the title of your article matches the content lol. Just kidding, mainly because I had some doubts after reading the article.
Your point of view caught my eye and was very interesting. Thanks. I have a question for you.
I don’t think the title of your article matches the content lol. Just kidding, mainly because I had some doubts after reading the article.