La crisis climática se ha convertido en uno de los temas dominantes de la agenda política y mediática: aparentemente, si no promovemos de inmediato la protección del clima el planeta Tierra no tiene futuro. Todo, todo lo demás es un tema superficial ya que no hay planeta B, nos dicen con gran alarma. Es más, aún en detrimento de nuestra propia especie, lo fundamental es que nuestra existencia deje de poner en peligro al planeta.
¿Es posible que los humanos seamos una fuerza terrorífica tal que fuera capaz de influir en el entorno natural a escala planetaria, responsables de inundaciones, huracanes e incluso terremotos?
¿Podremos en virtud de la extracción de recursos, la agricultura y la urbanización habernos convertido nosotros mismos en el mayor factor de cambio de la naturaleza, por encima de los cambios naturales en los sistemas tectónicos, atmosféricos y biológicos?
Hace pocos días, y como en muchas partes del mundo, en el Senado se aprobó un proyecto de ley de “lucha contra el cambio climático”. El vericueto lingüístico es interesante ya que el clima es, en sí mismo, un fenómeno cambiante. Los cambios climáticos se pueden constatar en la historia antes de la Revolución Industrial. Períodos de terribles sequías, fríos polares o datos geológicos que explican fenómenos glaciares, con hasta 6 glaciaciones desde el final del Terciario hasta todo el Cuaternario. O sea, el clima cambia constantemente, siempre fue así aún antes de que nuestros abuelos Kenyanthropus platyops o Australopithecus africanus hubieran puesto un dedito sobre La Tierra, ni pudieran producir gases de efecto invernadero fruto del capitalismo.
LOS PIBES DE GRETA
El proyecto que pertenece al senador Solanas y que contó con el apoyo de la mayoría de sus colegas, surgió de las demandas de los “pibes de Greta” un grupo de jóvenes que identifican con Greta Thunberg, una estudiante sueca que llevan a cabo los viernes huelgas llamadas “Fridays for Future”. Estos movimientos ecologistas, han establecido que, a más tardar en 10 años: “se deben realizar cambios estructurales sin precedentes para enfrentar la crisis existencial que enfrentamos y tomar medidas urgentes para resolverla”
En esos días el senador Solanas escribía:
Con votación unánime, el @SenadoArgentina dio media sanción a la ley de mi autoría de Adaptación y Mitigación de Cambio Climático que institucionaliza las bases para enfrentar en nuestro país una de las mayores amenazas de la Humanidad.
Proyectos como los del Senador Solanas expresan un alarmismo inquietante, así como una vanidad antropocéntrica digna de ser analizada. ¿Está justificada esta alarma?
Vamos por partes:
Las controversias científicas respecto del calentamiento global y su posterior versión el cambio climático no van en detrimento de que la humanidad procure mejorar las normas de sanidad, reciclado, tratamiento de los residuos en pos de reducir la contaminación del ambiente. De hecho fue la evolución científica y tecnológica la que permitió al hombre sortear las consecuencias de su desarrollo en materia ambiental, generando energías y producciones cada vez más eficientes, baratas y de mejor calidad para la salud y el bienestar de la especie. Curiosamente, nada dicen los movimientos ecologistas de lo regresivo en materia de contaminación resultan el progresivo abandono de las normas urbanas mínimas de higiene y sanidad. Increíblemente luchan por un retroceso en el desarrollo industrial y agrícola que implicaría no poder ni curar ni alimentar ni proteger a una población mundial creciente. De qué lado están?
Quienes votaron unánimemente en el Senado contra el “cambio climático” y quienes en las calles enarbolaban su cruzada contra las pajitas o las bolsas plásticas, poco hacen por el peligro que representa para la salud pública que hayan vuelto a crecer los movimientos antivacunas, que se naturalice escupir en las calles, o que, directamente, convivamos en los espacios públicos donde transitan y juegan los niños, con animales y personas que hacen pis y caca en la vereda. La desastrosa gestión estatal sobre la higiene y la salud urbanas, el retroceso que implica que no se desarrollen medios de transporte subterráneos que son un factor de contaminación palpable, parecen un detalle intrascendente para la política.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) casi la mitad de la población mundial cuyo desarrollo económico es el más precario, prepara su comida a fuego abierto inhalando vapores tóxicos. En 2012, según ese mismo estudio 4,3 millones de personas, en su mayoría niños, murieron a causa de cómo se contaminan el aire de sus hogares. Fue la disponibilidad de energía barata a base de carbón, gas o petróleo la que nos alejó de esos flagelos al permitir desarrollar las tecnologías sanitarias y alimentarias, o sistemas de calefacción y el agua caliente en nuestras casas. La disponibilidad de energía es la que permitió construir el mundo en el que vivimos: civilización tecnológica, con medicinas eficientes y suministros de alimentos adecuados, que llegan a millones de personas y prolongan la expectativa de vida humana. Vivimos más y más saludables que en cualquier época pasada. Jamás antes la humanidad dispuso de mejores tecnologías para enfrentarse a los peligros y las dificultades del ambiente y luchar contra el hambre. ¿Queremos detener esta evolución y volver a lo natural? ¿Es cierto que el hombre pone en peligro a su especie?
Los hechos:
La medición del clima, temperatura, lluvias comenzó hace no más de dos siglos. Cualquier dato previo consiste en mediciones parciales o conjeturas. Cualquier gráfica de la evolución de las temperaturas de la Tierra que nos muestre esas temperaturas antes de los últimos doscientos años es hipótesis.
Imágenes satelitales de la NASA muestran que el Atlántico Norte, incluido el Mar del Norte, sube su nivel en casi 3 milímetros por año, es decir, aproximadamente 30 centímetros en un siglo, esas cifras se mueven dentro de la natural variabilidad desde el final de la última era glacial. También que muestran que el Sahara se ha retirado a lo largo del borde sur desde el Atlántico hasta el Mar Rojo, y que la masa forestal en el Sahel ha crecido en un 8%. Sin embargo los divulgadores del alarmismo climático nos hablan de desertización.
DESCARBONIZACION
Uno de las medidas más feroces exigidas en virtud de la crisis climática por las declaraciones ecologistas, es la inmediata descarbonización de la economía. Lo que se persigue con huelgas y leyes altisonantes es derrumbar las emisiones de CO2 en 10 o 30 años dependiendo de la dosis de alarma que nos presenten. Si no accediéramos la catástrofe climática sería inevitable! Lo que se difunde es que el CO2 liberado por el hombre se acumula cuantitativamente en la atmósfera y se elimina muy lentamente de ella, peeeero: ¡Todo el CO2 liberado en la atmósfera se comporta de la misma forma, ya que las leyes de la física y la química se aplican por igual a todas las moléculas le guste a los huelguistas o no! El CO2 liberado por el hombre, se elimina de la atmósfera, se almacena en los reservorios “agua” y “biomasa”, exactamente igual que el liberado naturalmente. No debemos olvidar que el paso del hombre por La Tierra es tan solo un pestañeo en su historia y que el planeta ha tolerado mucho más CO2 en el Cámbrico, sin necesidad de planeta B por ello.
La ciencia no es un asunto que se pueda resolver políticamente, ni dependen las variaciones climáticas de lo que se decida democráticamente. En todo el mundo, el crecimiento de la divulgación de las ideas sobre el cambio climático de forma acrítica implica posibles consecuencias de enorme alcance económico y social por las contramedidas requeridas, la necesidad y eficacia de tales medidas sigue sin entenderse, pero la estrategia del miedo es frecuente en el debate sobre el clima, buscando siempre describir un futuro terrorífico e irreversible. El fin del mundo ya está aquí. Sólo drásticas medidas de emergencia podrían salvarnos!
Esta forma de alarmismo abstracto es particularmente procaz en políticos ajenos a la idea de que, apenas a minutos del Congreso, gran parte de la gente sigue luchando contra lo natural y orgánico, que es morir envenenado por la contaminación del agua con sus propias heces, sin seguridad o higiene en el hospital, con un aire putrefacto en sus calles, o, sencillamente, de hambre, mientras estos políticos luchan contra algo “tan terrible” como las emisiones de una cosechadora o las antenas de celulares.
Qué periodistas, qué políticos y qué científicos lograrán en el futuro tener la responsabilidad de explicar a los alarmados (por fuera del cálculo ventajero y de la moda dogmática), el valor de pertenecer a la especie cuya evolución es tan espectacular que no sólo no es un peligro ni para sí, ni para el planeta, si no que pasó de mono a astronauta. Nada menos.
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