La imagen del Cabildo, de nuevo, otra y otra vez vandalizado, impacta por lo que en esa acumulación de ladrillos existe como símbolo. Importa el edificio porque importa el emblema, todo lo que recordamos de los actos escolares, el ícono del pueblo bajo los paraguas, la rebelión, los próceres, lo sabemos y lo sentimos como fundacional. Es lógico el dolor cuando se destruye algo que pertenece a todos.
Tres ataques a símbolos se concatenaron en pocos días. El exitoso berrinche en el Colegio Nacional Buenos Aires que logró censurar una charla acerca de nuestra guerra más reciente contada por sus veteranos, la irrupción de una manifestación de veganos que arruinó una fiesta de La Rural y una nueva marcha, ya a esta altura rayana en la demencia, para pedir el esclarecimiento del caso Maldonado, sobradamente esclarecido por la friolera de 55 peritos, que, con singular éxito también, logró arruinar la fachada del Cabildo.
El Nacional Buenos Aires, La Rural o el Cabildo no son objetivos azarosos ni son cualquier lugar, son símbolos. Construcciones semánticas abonadas por miles de experiencias individuales, tradiciones familiares, recuerdos, representaciones sentimentales e intelectuales que simbolizamos en esos edificios y que aceptamos socialmente de manera más o menos mayoritaria. Quitarles ese sentido de respetabilidad, de afecto compartido, es una acción que se hace a conciencia, y que mina las bases de la convivencia pacífica. Ni es gratis ni es casual la degradación de las instituciones.
Por supuesto que la balanza debe decantar siempre por la libertad de expresarse. Por muy absurda que nos parezca una manifestación la mayor tropelía es la censura. Dicho esto, hemos de destacar que no es posible que mi necesidad de “decir” incluya la obligación del otro a “escuchar”. Del mismo modo que no tenemos derecho a golpear y atar a alguien sólo para que nos preste atención, tampoco puede tener derecho una manifestación a romper, arruinar, interrumpir simplemente porque de esa manera se obtiene mayor eficiencia.
Aquí entramos en el resbaladizo terreno de la indignación que se ha vuelto carta franca para permitir las acciones más violentas y totalitarias frente a quienes no comparten ideas del indignado. En consecuencia, basta con enarbolar el producto de una indignación, este hecho otorga la libertad ulterior de los indignados a hacer los que les plazca.
La indignación es la primera coartada del totalitarismo. Percibirse indignado releva del acto de argumentar y convencer. ¿En qué momento aceptamos que la indignación otorga derechos? Pues, aparentemente, el indignado tiene un aura de superioridad moral. Este razonamiento ha dejado de ser sutil: Si me indignan los oradores de una conferencia tengo derecho a que no se haga. Si me indigna que la gente coma carne tengo derecho a romper una hamburguesería y tengo derecho a impedir que un camión con reses llegue a destino. Finalmente si me indigna el caso Maldonado tengo vía libre al destrozo. ¿Qué otros derechos podrían anteponerse a mi indignación? Mi indignación está por encima de cualquier libertad. Mi indignación dicta.
En realidad, el mensaje no es lo que podemos leer en las cartulinas de una manifestación. El mensaje sutil, el que se deja ver entre líneas, es que siempre que se pueda construir una indignación marketineramente vendible la puedo usar de mascarón que me permita ir contra toda institucionalidad, contra toda ley, contra toda tradición y contra toda norma de convivencia. El mensaje es: Existe una capacidad instalada de crear un dogma minoritario que, sin embargo, es capaz de excluir a quienes no lo comparten y que puede impedir ejercer la libertad.
Así como el Cabildo, el Nacional Buenos Aires o La Rural no son más que predios enclavados en una ciudad, el dinero no es más que papel impreso como lo es también la foto de los chicos que pegamos en la heladera. Lo sabemos, somos conscientes de eso. No obstante no reducimos su carga simbólica porque es un acuerdo cívico constitutivo. No rompemos la plata dado que como sociedad le otorgamos valor. El desprestigio y la banalización de los símbolos es un acto de agresión al acuerdo cívico del que estamos hablando. Un daño a la convivencia. Porque somos seres simbólicos y nuestro superpoder como especie es ver una cosa como símbolo de otra. Simbolizamos en ese papel pegado en la heladera el amor a los hijos y afortunadamente entendemos que sería un insulto escupirle a alguien esa foto.
TRISTISIMO
Es tristísimo ver el Cabildo vandalizado, de nuevo, una y otra vez. Qué han querido decirnos con ese maltrato y con esa violencia, qué quisieron decirnos quienes no lo protegieron, cómo dejamos que nuestros símbolos sean un campo de batalla? A veces, cuando tenemos que explicar lo obvio nos sentimos idiotas. Seremos en adelante esclavos de una caterva de indignaciones prefabricadas que son el arma que erigen quienes atentan contra nuestra libertad?
El refugio de la indignación suspende debates, crea derechos desiguales, otorga privilegios, determina nuestro valor en base a lo que comemos y no falta tanto para que nos diga cómo debemos vestirnos o qué personas deben gustarnos. El refugio de la indignación nos ha mostrado en tres sencillos actos que está en condiciones de limpiar el piso con nuestros símbolos. No es joda: los indignados se multiplican porque representan la nueva forma de una poderosa pasión muy humana, la de prohibir.
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