Vaya uno a saber cuándo fue que pasamos al formato televisivo del panelismo. Todo en los medios es un gran, indignado y bullicioso panel. ¿Querés hacer tortas? Te pongo panelistas. Querés contar noticias, vienen con los panelistas. ¿Un documental? Lo comentan los panelistas. Chismes-panelistas. Deportes-panelistas.
¿Qué es un panelista? Una especie de supercomentador. Alguien que opina de todo, un ser enciclopédico pero al revés, no sabe de nada. De nada en particular. El panelista opina desde su emocionalidad específica. Hay panelistas modelos, novios o parientes de famosos, periodistas, cocineros, y hay también una variedad de panelistas muy curiosa: el mediático que lo es, casualmente por su condición de estar en un medio (parece broma, pero no).
Probablemente haya sido un proceso lento el que llevó a los programas políticos a copiar el insigne formato del panelismo. Falta de creatividad, desinterés del público o cuestión de presupuesto, la cosa es que hoy los medios se caracterizan por un enjambre de opinadores que deben ejercer su profesión, que es hablar de absolutamente cualquier cosa. La opinión del panelista ha de ser vertida con emoción e indignación, preferentemente. Se valora enormemente la capacidad escandalizadora del panelista porque eso es lo que fideliza la atención del espectador, antes que la opinión basada en conocimiento.
Pero entramos en época de campañas políticas, y esto se vuelve muy grave si miramos el panelismo arrollador en los programas políticos. Acercándose la hora de tener que escuchar a los candidatos en campaña, los entrevistadores serán opinólogos de toda calaña, tratando de maltratar al candidato, buscando su enojo, la frase más picante o más dañina, buscarán el llanto o el grito. Ese es su trabajo.
El espectador, como futuro votante, presenta un proceso de conformismo creciente, una pereza anclada a la primera impresión, al impulso, a la emoción, no demanda profundidad o no lo demanda con suficiente vehemencia. O nosotros los espectadores nos infantilizamos o dejamos que sea eso lo que piensan de nosotros. Nos ven incapaces de digerir un contenido sólido que potencie el debate, el pensamiento, el razonamiento. Podremos, simples espectadores de noticias, revertir esta panelizacion del pensamiento o la tendencia es irreversible? Es necesario tomar conciencia de que los políticos, los medios y ciertas organizaciones tienen especial interés en la desinformación.
Si prestamos atención a la escenografía, en general los productores sientan al político en el centro y lo rodean de esos panelistas. Siempre el espacio circular, una especie se sala de interrogatorio, donde el pobre interrogado debe girar y contestar mil preguntas a la vez. Imposible contestar a las voces que surgen de los 360 grados del estudio. Se tapa cualquier reflexión, el entrevistado dice una oración y sale el título de algo parecido a lo que dijo, pero recortado, lo más inmediato y escandaloso posible. Si el político que fue a la entrevista es un genial estadista o un chanta o un ladrón nunca lo sabremos. Dependerá de lo que el asistente del productor haya escrito bajo la foto, una quimera.
Efectivamente se ha abandonado toda pretensión de neutralidad o el aporte al conocimiento o la contribución periodística al debate público. Lo importante es que el panel opine: sobre los cuadernos, la selección, el bailando, las listas de candidatos, las cirugías cardiovasculares y el colesterol de la piel del pollo. Que hablen, que hablen sin parar, que pongan su historia en juego, que sufran, que sean víctimas, que haya emoción.
Es extenuante, como ciudadanos perdemos la oportunidad de escuchar a quienes nos van a pedir la representación de nuestros derechos. En lugar de contribuir al debate democrático estaremos sometidos al imperio de la novedad con su actualización constante, y desde la lógica del entrar y salir de todos los temas, sin sentido ni continuidad, como quien escucha pedacitos de conversación en el colectivo, pensando a la vez en lo que va a cocinar o si se peleó con el jefe. La dinámica panelista de la construcción de la opinión pública sanciona con el olvido y el desprecio a quien desee hablar seriamente, presentar proyectos, explicar su ideología o debatir desde la razón.
El panelista, los panelistas se deben a su propio show, por eso deben decir cosas totalizantes en competencia entre ellos mismos. Más protagonismo, más pelea, más enojo, más contrato, es simple ley de mercado. Puede ser una causa militada o bien un escándalo personal, pero siempre veremos cómo, desde el panel, se extrapolará a cualquier situación al sesgo personal y desde ahí se opinará sobre todos los temas como si tuvieran una respuesta particular a todo y como si todo lo que sucediera en el mundo pudiera explicarse desde esa identidad y ese relato. El debate político, tan necesario, tan fundamental, estará tapado por la historia personal de una modelo que fue estafada por el novio o de un mediático que no puede pagar la boleta del gas.
El gran desafío no es escapar de la censura ejercida por un gobierno sino poder escapar a esta obligación de escuchar opinólogos. Dentro de ese ruido inútil en una sociedad de confusión, quizás el verdadero ejercicio libertario sea ser los editores de nuestra propia información. Ya que la ignorancia tiene espíritu de supervivencia, tal vez sea el momento individual de combatir la propia. La industria audiovisual se retroalimenta con el mecanismo que utiliza los hechos como entretenimiento, el formato prevalece por sobre el contenido, el minuto a minuto vende a los públicos dosis planificadas de sentimentalismo.
Si queremos escuchar a los políticos debemos pasar por la batidora del show, entrevistas entretenidas, dosis de vida privada a cambio de intención de voto. El semáforo de medición de audiencia en tiempo real es lo que nos mide a nosotros, mide nuestra atención. No esperemos que los medios corrijan estas exageraciones, más bien su incentivo es añadir conductores payasos, ignorantes, clichés que añadan su vida privada o su obscena ignorancia al espectáculo. No están para permitir que escuchemos a los personajes que van a regir nuestras vidas, esto es, claramente, lo de menos.
La no distinción entre lo público y lo privado, entre lo superficial y los debates políticos y económicos, empobrece el debate, banaliza la información y mercantiliza las opiniones. El aplauso social no debería ser para quien manifiesta sus emociones en lugar de sus ideas, más bien deberíamos estigmatizar a quien lo hace, no nos importa su vida, nos importan sus propuestas, sus denuncias y su compromiso sobre la gestión. El panelismo nos priva de la posibilidad de comprender qué es aquello que pasa por la cabeza de los políticos en campaña. Ganarán los cancheros, los simpaticones, los más gritones. Todos ellos piezas que componen este rompecabezas de intrascendencia que son las campañas electorales. La frivolidad política servida en bandeja por esa horda de panelistas, en lugar de escuchar pensadores, periodistas o intelectuales entrevistando a quien nos vendrá a pedir el voto.
La buena noticia es que los políticos en campaña están atrapados. Están obligados a hacer lo que jamás hacen, exponerse, sus ideas, sus propuestas. Los políticos en campaña deben dar explicaciones de su gestión, de lo que no han cumplido, de lo que apoyaron sin sentido. Es una oportunidad de oro para los usuarios de redes sociales. Las redes pueden atravesar los medios, escribir, preguntar, usar esa forma de participación desarticulada que son nuestras cuentas personales. Como espectadores hemos de premiar a quien nos respeta y castigar a banalización del debate político. Caso contrario, no volveremos a ver un buen reportaje, sólo candidatos en un show aturdidor de pésimo gusto.
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