Hacia las décadas del 80 y 90, el liberalismo y los mercados libres experimentaban un resurgimiento intelectual y político. La caída del comunismo occidental impuso el consenso global de que el constitucionalismo, el estado de derecho, la protección de los derechos minoritarios, el respeto por las libertades individuales e incluso las economías de mercado, eran universalmente deseables, un fin de la historia, el sistema más perfecto, aunque perfectible al que debían tender los gobiernos civilizados.
Años después en la década de 2010, esta afirmación había cambiado. Para empezar la crisis financiera de 2008 provocada inicialmente un par de años antes por la llamada crisis de las hipotecas subprime, contagió primero al sistema financiero de EEUU y después al global, causando, a posteriori crisis alimentarias, derrumbes bursátiles y crisis económicas a escala internacional. Las economías de mercado perdieron reputación. Para colmo, el crecimiento económico de China, cuyo dilema de análisis político dejó sin respuestas a las democracias occidentales, atenuaron el atractivo del liberalismo.
El consenso liberal que había prevalecido se estaba debilitando visiblemente, y surgió un cambio en el panorama de los partidos políticos, especialmente en Europa pero también en otras partes del mundo. La atención se centró, entonces, en el surgimiento de una variedad de políticos y movimientos que son livianamente llamados populistas. Pero por otro lado cobró fuerza casi de ley un grupo de temas que no eran otrora condición sine qua non de la agenda de las democracias liberales, por ejemplo la cuestión ambiental, la de género o la multicultural.
Lo cierto es que el ascenso de los partidos y políticos denominados populistas, escandaliza al mainstream, que los encasilla: primero en la negación y luego en su satanización. Lo que no se podía esconder bajo la alfombra es la drástica disminución del apoyo de las voluntades electorales a los partidos y consensos que durante mucho tiempo dominaron la escena política.
Durante décadas la estructura de los político electoral mostró grandes partidos modalmente “catch all” o coaliciones más o menos inespecíficas. El centro dominaba la escena y las variaciones de centro-izquierda o centro-derecha no discutían los principios básicos de la democracia liberal presentando matices respecto de cuestiones puntuales dentro de este paraguas. La cuestión económica vendría a ser la variable de mayor discrepancia, con la centroizquierda ampliando el tamaño del Estado, el gasto público y la estructura sindical, en tanto que la centroderecha volcándose al desarrollo del sector privado y el mercado. Así las cosas, estas categorías de análisis sobre las que se formaron los cientistas políticos y sus derivados como los medidores de opinión y analistas periodísticos pasaron de las certezas al vacío. Cada nueva elección indica que este patrón analítico basado en el eje centro-izquierda y centro-derecha está perdiendo su dominio.
El mayor declive lo sufre la socialdemocracia cuyo compromiso con la democracia presenta serias fisuras. Esta cuestión se torna más evidente en los últimos años con el surgimiento de partidos y alianzas regionales de partidos como Podemos o el Foro de San Pablo o su reversionado Grupo de Puebla. La indiferencia de la socialdemocracia o peor, su eventual apoyo a los totalitarismos latinoamericanos, deberían despertar las alarmas de los cultores del liberalismo global. Sin embargo la condena se ha hecho esperar en infinidad de ocasiones. El apoyo de intelectuales y medios liberales al espurio acuerdo del Presidente Santos con las FARC, la condena permanente a los plebiscitos que no responden a su cosmovisión y su incapacidad de previsión sobre los conflictos identitarios han resultado alarmantes.
Curiosamente ven la amenaza más grave para la democracia liberal en el crecimiento de la derecha. La crítica sistemática enfila hacia los principales partidos de centroderecha crítica que se libra no sólo en el ámbito de la competencia electoral sino también en el del pensamiento político.
A qué llamamos democracia liberal? Mayormente a la democracia que incorpora la protección de la libertad individual, el estado de derecho y las libertades de expresión, reunión, religión y prensa. Requiere que el pueblo sea soberano y por ende debe poder elegir a sus representantes en elecciones libres y justas. La mayoría de las democracias occidentales poseen un compromiso con el constitucionalismo, el estado de derecho y los derechos individuales.
Entonces por qué se llama a algunas democracias liberales y a otras populismos? Existe una democracia antiliberal? Es esto una descripción académica o un simple y llano insulto? El populismo, siempre basándonos en la casuística, porque acá no hay un método si no un conjunto de diatribas a la bartola, es una perspectiva que afirma ser democrática y se legitima en elecciones libres con la voluntad popular. La acusación sería que una vez en el poder el populismo infrinja la división de poderes, ultraje las instituciones o el estado de derecho o los derechos de las minorías. Lo curioso es que estas afirmaciones sobre los denominados populismos más que condecirse con casos reales, en general exportan prejuicios y acusaciones sin fundamentos, faltos de ecuanimidad. Las discusiones sobre los populismos pasan a ser acusaciones directas sobre los líderes o partidos que discuten el consenso socialdemócrata en los aspectos políticos que exceden la cuestión económica.
O sea: volvemos a que lo que el mainstream no es capaz de procesar porque sale de la caja de análisis economicista centroizquierda/centroderecha es tildado de populismo y negativizado.
¿Cuál es el propósito de establecer una distinción tan clara e infranqueable entre democracia liberal y el populismo? ¿Y por qué tanta preocupación por refutar la opinión de los populismos negando su condición liberal?
Parte de la respuesta es ideológica. Existe una barrera infranqueable para la discusión sobre las políticas multiculturales, la inmigración abierta y las estructuras familiares no tradicionales. Esto de ninguna forma es formativo de las democracias liberales que hasta hace no más de medio siglo eran sumamente estrictas sobre estos temas. Lo que hoy se denomina conservadurismo respecto del derecho de familia, era liberal hace poco más de 50 años. Los países que promovieron corrientes migratorias a gran escala los hicieron desde la asimilación para integrar a los que llegaban a sus tierras, a diferencia del enfoque multicultural.
Es cierto que existe apoyo mayoritario de la izquierda las variables descritas y en muchos casos las mismas están respaldadas por ley. El enorme crecimiento de políticas públicas de corte positivo y de instituciones burocráticas destinadas a respaldar y subsidiar esta postura ideológica es enorme. Asimismo, una parte cada vez más considerable de los votantes tiene una opinión diferente, incluso entre aquellos que siguen siendo firmes adherentes a la socialdemocracia.
La discrepancia que otrora engalanaba a las democracias liberales con diversos y opuestos puntos de vista fue reemplazada por una corrección política que no es otra cosa que una inquisición dogmática. A la rebeldía sobre el paradigma que reinó durante décadas se lo llama populismo y goza de terrible fama y desprecio intelectual. Esta intolerancia genera una profunda y silenciosa insatisfacción de los votantes. Ni las encuestas pueden registrarlos ni los analistas comprenderlos.
Con la caída en desgracia de las expresiones políticas tradicionales la lucha por el control de la derecha es central. Si los “populistas” capturan la atención del hombre de la calle el campo de batalla de las ideas será radicalmente otro. El futuro de la democracia liberal no reside en la custodia de los intelectuales o las instituciones liberales, descansa sobre el despertar de las personas comunes. Ellos deben ser el núcleo del liberalismo.
Publicado en La Derecha Diario @laderechadiario
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